miércoles, 14 de enero de 2026

Erika Nissen: La joven rubia de Glommen

Durante los últimos días he compartido en este blog el comienzo de mi novela "La joven rubia de Glommen", una biografía de la pianista noruega Erika Nissen. Esta novela biográfica se ha incluido en el libro "Novelas con aire nórdico" y está disponible en Amazon, tanto en edición digital como en edición impresa. 

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Novelas con aire nórdico

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martes, 13 de enero de 2026

Erika Nissen (10)

Michael Strøm Lie era un jurista severo, pero con Erika se derretía.  Una mañana, en Svendborg, se levantó temprano.

—Hoy voy a Christiania —dijo—. Asunto del tribunal. 
Erika , de siete años, corrió tras él. 
—Papá, toca conmigo antes de irte. 
Él dudó.
—Bueno, solo una pieza.
Se sentaron al piano y los menudos dedos de Erika se movían con tanta agilidad que sorprendían a su padre.
—Tu fa# es perfecto.  —Le dijo, orgulloso de los progresos de su hija.
Ella sonrió.
—Le enseñé noruego.  —Respondió Erika sonriente.
Cuando terminaron, la besó en la frente.
—Volveré para la cena.
Pero no volvió.  En el Rikshospitalet, aquél 9 de mayo de 1852, Michael Strøm Lie murió de infarto repentino. Erika tenía siete años y su hermana Ida, la que le precedía, sólo contaba con quince años de edad.
 
Cuando llegó la noticia a la granja Svendborg,  Erika estaba en el salón.  Se sentó al piano.  Tocó la misma melodía.  Lento.  Muy lento.  Ida la encontró allí al amanecer. 
—Basta, Erika, déjalo ya.
—No. Papá está escuchando.  —Le respondió a su madre.
 
Pero todos tuvieron que asumir la muerte del cabeza de familia. El piano de Svendborg dejó de sonar durante muchas semanas.  Ingeborg lloraba en silencio. Las hermanas mayores se ocupaban de la dirección de las tareas de la casa y de la granja. Ida, con quince años, asumía su papel de hermana mayor de Erika y esta, con la mirada baja, se sentaba al piano pero era incapaz de tocar ninguna melodía. Una noche, Ingeborg la encontró allí, con la cabeza apoyada en las teclas. 
—¿Por qué no tocas, hija? —preguntó. 
Erika levantó la cabeza. Tenía los ojos secos. 
—Porque papá no está —dijo. 
Ingeborg la abrazó.
—Vuelve a tocar para él, como lo hacías antes —le dijo con ternura—. Toca para que te oiga desde donde esté. 
Erika puso las manos en el teclado.  Y tocó.  Tocó una melodía que no era de nadie. Era suya. Era triste, pero no desesperada. Era como el río Glomma en primavera, cuando el hielo se rompe y el agua corre libre.  Y en ese momento, algo cambió.  El piano dejó de ser un mueble.  Se convirtió en una voz. Se convirtió en “su voz”.
 

Novelas con aire nórdico

lunes, 12 de enero de 2026

Erika Nissen (9)

Los años pasaron como pasan los inviernos en Glommen: lentos, duros, pero con una belleza que duele.  Erika crecía. Era alta, delgada, con el cabello rubio cayendo en ondas sobre los hombros. Tenía los ojos de su madre, pero más claros, más fríos.  Era callada. No hablaba mucho. Pero cuando lo hacía, lo hacía con una seguridad que desconcertaba a los adultos.  Una vez, un primo de Christiania vino de visita. Era un muchacho de ciudad, con levita y sombrero de copa. 

—¿Qué quieres ser de mayor, Erika? —preguntó, con esa condescendencia que tienen los que creen saberlo todo. 
Ella lo miró.
—Quiero tocar —dijo.
—¿Tocar qué? 
—El piano. 
El primo rio.  
—Las niñas no tocan para ganarse la vida. Las niñas se casan. 
Erika no contestó. Se fue al salón, se sentó al piano, y tocó.  Tocó Chopin. Tocó una pieza que había oído una vez en casa de un vecino rico. La tocó entera, sin errores, sin partitura.  El primo se quedó mudo. 
 
El jardín inglés junto a la casa tenía senderos curvados junto al cenador y lucía en todo su esplendor durante los meses cálidos, esos en que las ventanas permanecen abiertas y la brisa trae el aroma de las flores hasta el interior. Era tan bonito, tan mágico y misterioso para una niña de seis años, que Erika creía que las hadas vivían allí.  Una noche se dijo:
—Voy a tocar para las hadas.
Abrió de par en par las ventanas del salón, encendió unas velas e improvisó una melodía que sólo las hadas pudieron escuchar. Cuando su madre pasó por allí la encontró dormida, con la cabeza apoyada en el piano y una de las velas caída junto a su lado, con la llama oscilando con la brisa a punto de quemar su vestido. Le regañó porque aquél descuido pudo provocar un incendio, pero Erika sonrió porque estaba segura que las hadas habían disfrutado con su interpretación. Al día siguiente, plantó un rosal blanco junto al cenador.
 
Otra noche, durante una velada, un vecino sueco, el capitán Lundgren, se sentó al piano y tocó una polca.  El fa# chilló.  Todos rieron.  Erika se levantó de su silla. 
—Ese piano habla sueco —dijo—. Cuando yo crezca, le enseñaré noruego. 
Michael, su padre, la alzó en brazos.
—Prométemelo. 
Ella asintió.
 

Novelas con aire nórdico

domingo, 11 de enero de 2026

Erika Nissen (8)

El tiempo fue pasando y las hijas fueron educadas como las niñas de la clase alta de aquellos días. Esto incluía tareas domésticas, costura y música, entre otras cosas. Y los acordes que Thomasine sacaba del piano incentivaron el interés de Ida y Erika por aprender a tocarlo, y ambas superarían muy pronto en destreza a su hermana mayor e incluso a su propia madre.

No es que Svendborg fuese una granja excesivamente rica, aunque sí lo suficiente para mantener el estatus social de los Lie, pero de lo que no cabía ninguna duda es que era una granja viva, un faro que iluminaba con música y cultura toda la comarca. Los domingos eran sagrados.  La familia se vestía con lo mejor: Ingeborg con su pañuelo de encaje, Michael con su levita negra. Caminaban hasta la iglesia de madera, donde el pastor predicaba sobre el pecado y la redención. Después, en casa, venían los vecinos.  Los trineos llegaban desde Kongsvinger y desde los pueblos cercanos. Los hombres traían aguardiente en botellas de cuello largo; las mujeres, pasteles de manzana envueltos en paños de lino. Los niños corrían entre las piernas de los adultos, y los perros ladraban hasta que alguien les tiraba un hueso.  Dentro, el salón estaba lleno de humo de pipa y de risas.  Ingeborg tocaba el piano. Era un instrumento viejo, traído de Christiania en 1830, con teclas de marfil amarillento y una caja que resonaba como un tambor cuando se tocaba forte.  Thomasine, la mayor, cantaba, y su voz que parecía salirle del pecho como un pájaro que vuela hacia el sol. Ida y Erika aún eran muy pequeñas para tocar el piano pero su música siempre las ensimismaba.
 
Un domingo de septiembre, la casa olía a canela y a manzana asada. Ingeborg había horneado una tarta para la visita del primo Jonas, que llegaba de Christiania con su levita nueva y su bigote encerado.  La tarta reposaba en la ventana de la cocina, enfriándose.  Erika, con su vestido de lino azul y los rizos rubios escapando del lazo, se coló cuando nadie miraba.  Subió a una silla. Estiró la mano. Cogió un trozo con los dedos.  El azúcar quemado le supo a gloria.  Pero la silla se tambaleó.  ¡Crash!  La tarta cayó al suelo.  Erika se quedó quieta, con la boca llena y los ojos muy abiertos.  Ingeborg entró corriendo.
—¿Qué ha pasado? 
—La tarta se ha suicidado, mamá.
Thomasine, desde la puerta, estalló en carcajadas viendo divertida la escena y se apresuró a decir:
—Esto merece una canción: “La tarta rebelde”. 
Jonas llegó, vio el desastre y dijo:
—Esa niña será pianista o ladrona.
Pero estaba claro que Erika iba a elegir lo primero.
 
A los tres años, ya se subía al taburete del piano.  A los cuatro, tocaba con una mano “Du, du ligg’ unna meg” mientras su madre supervisaba las labores de la casa. A los cinco, improvisaba.  Una tarde de verano, el sol entraba por las ventanas abiertas. Erika estaba sola en el salón. Se subió al piano, abrió la tapa, y empezó a tocar.  No era una melodía conocida. Era algo nuevo.  Sus dedos pequeños, torpes aún, buscaban acordes que no existían en los libros. Tocaba con los ojos cerrados, como si escuchara una música que venía de dentro.  Michael entró. Se quedó en la puerta, con la pipa apagada en la mano. 
—¿Qué es eso? —preguntó. 
Erika no contestó. Siguió tocando.  Era una melodía triste, pero no llorosa. Era como el viento que pasa entre los pinos y se lleva algo que no vuelve.  Michael se acercó. Puso una mano en el hombro de su hija. 
—Esa niña tiene el diablo en los dedos —dijo, medio en broma, medio en serio. 
Pero cuando Erika terminó, él se sentó en silencio, con los ojos cerrados, como si escuchara algo que venía de muy lejos. 
 

Novelas con aire nórdico

sábado, 10 de enero de 2026

Erika Nissen (7)

Kongsvinger no era solo un punto en el mapa. Era un mundo y un faro cultural en la comarca.  El río Glomma, madre de todos los ríos noruegos, serpenteaba por el valle y en sus orillas los niños jugaban y pescaban truchas con cañas de avellano. En invierno, se convertía en una carretera de hielo por donde los trineos corrían cargados de leña.  La fortaleza se alzaba en lo alto, con sus murallas de piedra gris y sus cañones apuntando a ninguna parte. Los soldados suecos ya no eran una amenaza, pero los niños seguían jugando a “conquistar el castillo”, trepando por las laderas resbaladizas y gritando órdenes imaginarias. En Svendborg, la vida tenía un ritmo propio.  Al amanecer, el gallo cantaba y comenzaba la actividad con el trabajo de sirvientas y empleados de la granja. Antes de las diez de la mañana ya estaba sonando el piano a manos de Ingeborg que instruía a su hija mayor Thomasine en todo aquello que debía conocer una joven de clase media-alta: música, cultura general, costura, etc. Pero esas notas musicales también atraían la atención de Ida y de la pequeña Erika que parecía entender ese lenguaje musical que salía del piano. Esa atracción que sentía por el piano la hacía gatear entre las piernas de los mayores intentando subirse al taburete con intención de tocar, hasta que su padre o su madre la cogían y la sentaban en su regazo.

La comida era a las 12:00 todos juntos, sin distracciones de radio, televisión o móviles como ahora. La comida era un momento de unión familiar, de compartir vivencias y proyectos, de reír y conversar, de conocerse y apoyarse unos a otros. A veces, si las inclemencias del tiempo lo permitían, salían a pasear por las riberas del río Glomma, unos momentos de esparcimiento y contacto con la naturaleza para los niños y de relax para los padres. Finalmente, ya después de cenar, celebraban otra velada musical antes de ir a dormir… siempre que no fuese domingo o hubiese algún motivo especial, porque en tal caso la velada no sería familiar sino multitudinaria, con familiares y amigos que adoraban esos momentos de confraternidad y diversión. Y es que así era la vida en aquellos años en un entorno rural, aislado, en una época en donde no existían medios de comunicación (salvo los diarios de la capital) ni ningún otro tipo de espectáculo (salvo los teatros y centros recreativos o de variedades exclusivos de la capital).
 
Este era el mundo que vivió Erika durante sus primeros años, el que recordaría y añoraría durante toda su existencia, el de una vida apacible en comunión con la naturaleza, sin penurias económicas, con una buena formación cultural y musical y en un ambiente tranquilo. En cualquier caso, estaba escrito que el destino de Erika iba a ser muy diferente del estilo de vida que se respiraba en esa casa, y quizás así lo fuese comprendiendo cuando cada noche, rendida por el cansancio y por el sueño, se retiraba a dormir siempre al lado de su inseparable Ida.
 

Novelas con aire nórdico